Resulta muy difícil de catalogar este disco en una primera escucha. Hay canciones que se acercan a la milonga, a la cumbia, al rock, a la zamba, pero nunca cumplen formalmente con todos los “requisitos” necesarios para ser incluidos dentro de un género. La sensación es que Diego Azar es como esos niños que desarman un juguete o un artefacto para entender su mecanismo: asistimos al sobrecogedor espectáculo de ver a las canciones destripadas, con los engranajes a la vista. Se da, además, el hecho de que el propio artista es conciente de esta situación y lo expone: es evidente esto en Canción sin maquillaje, una de las joyas de ese disco, y en Finales de comienzos.
El resultado es un trabajo potente, en el que cada tema es un mundo poético aparte y que sin embargo guarda una enorme coherencia con el resto del disco. Lo primero que llama la atención al comenzar a girar el CD es la voz de Azar: en Cumbia mambera, track de apertura, nos remite por igual al timbre nasal de los murgueros montevideanos y a los payadores suburbanos. Esa mezcla también nos trae reminiscencias de Fernando Cabrera y, más lejanamente, de Zitarrosa, pero de a poco se irán atenuando, a medida que vayamos conociendo más la manera de expresarse de esta nueva voz. Pero la voz de Azar no trabaja en un solo registro, puede hacerse más rockera como y hasta citar a los Beatles, como en Finales de comienzos, o dulcificarse como en la Zamba de estrellas. Hay en estas canciones cierta ternura contenida que nos recuerda algunas canciones de Eduardo Mateo, en algunos giros (sin duda el Mateo de Cuerpo y alma o el de sus primeras canciones, no tanto el de los extrañísimos discos finales). Siempre resulta complicado definir a un artista “nuevo”.
Sería muy injusto para con este autor limitarnos a compararlo con los próceres uruguayos, simplemente se trata de ciertas herencias indisimulables, pero cualquiera que escuche con atención estas canciones se dará cuenta de que Azar tiene una voz propia y una manera de construir sus composiciones muy madura: no le debe nada a nadie. Cada tema es un mundo y eso le da mucha riqueza a la escucha del disco: por momentos uno quiere escuchar dos, tres veces seguidas la misma canción para comprenderla y disfrutarla por completo. Es uno de esos discos que generan adicción en el oyente y no porque sean canciones simples, todo lo contrario. Este es el primer disco que grabó Diego Azar y también el primero que se edita en la Argentina (tres años después de su lanzamiento en Uruguay). Pero entretanto salió otro disco, a dúo con Santiago Lorenzo, otro artista uruguayo, con quien en Almohadones no sólo Azar comparte autorías de algunos de los temas sino que también aporta variados instrumentos y voces. Grabado a lo largo de siete años, aporta un nuevo autor rioplatense que viene a decirnos que siguen apareciendo nuevos talentos en la orilla de enfrente.
Producido por Diego Azar
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