Un buen pescador sabe cuándo soltar, cuándo tirar, y cómo recoger la red, el entramado de melodías y palabras, con buen tino. Marcelo Ezquiaga sabe manejar los tiempos, juega sutilmente con los compases y el ritmo, de manera tal que no despista pero si conjuga temporalidades que no son muy comunes para el pop radial. Tampoco es evidente en los desenlaces melódicos ni en los textos, que tienen carácter autobiográfico y de reflexión sentimental sin caer en el romanticismo. Él toca piano, teclados y canta con soltura sus verdades. “Si no doy las notas que me importan; no me importa desafinar. Aún tengo en el camino el deseo de buscar a alguien...” dice en Las notas.
Suena muy bien el disco, con un acabado impecable del audio que hace notar la instrumentación elegida (teclados, programaciones, bajo y batería), y no es una elección caprichosa, los timbres y arreglos que se escuchan son tan acertados como exquisitos. El álbum se enrola así en una corriente de grupos que hacen rock sin utilizar guitarras eléctricas. Un buen pescador cuida las formas de hacer y decir, y en la pesca de canciones hay también un trabajo de formas, momentos y espacios, que el autor logró amalgamar con paciencia.
Con una bella presentación gráfica, ilustración del dibujante Liniers, esta obra recién salida será escuchada seguramente a los largo de todo el año y más, por su calidez amigable.
Producido por Marcelo Ezquiaga y Nacho Perotti.


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