El nuevo año se despereza lentamente… pero quienes hacemos el Club ya levamos anclas y estamos en movimiento!
Esperamos que vos también hayas recargado energías para emprender tus proyectos con nuevas fuerzas, y te damos la bienvenida a esta “etapa 2006” junto al Club del Disco.
Por nuestro lado, los proyectos tienen que ver con continuar la ruta de esta nave -que zarpó a mediados del 2005- presentando a nuevos músicos (como nuestro artista del mes, Matías Mormandi), difundiendo nuestra propuesta en toda la Argentina (donde falta muy poco para que hayamos llegado a todas las provincias) y en el resto del mundo.
Haciendo los movimientos de timón y desplegando velas para seguir irradiando en todas direcciones lo que consideramos uno de nuestros mejores valores: el arte independiente.
Y ya que la música puede ser una magnífica y hermosa vía de comunicación, nos gustaría colaborar -al menos un poco- en la integración regional, presentando de vez en cuando músicos de otros países latinoamericanos, continuando con el camino que iniciamos al presentar la obra de Vitor Ramil.
Otro aspecto de nuestro proyecto incluye el agregado de nuevas líneas de suscripción para aquellos socios que quieren bucear las profundidades de algunos estilos musicales específicos… pero de todo esto te irás enterando a lo largo de este viaje -este año- que recién comienza, a medida que nuestra tripulación avanza y buenos vientos nos acompañan…
Entretanto, deseamos que estés disfrutando de los discos que seleccionamos para vos, mientras se va ampliando tu gusto por las diferentes músicas que emergen de este humeante caldero creativo que es Argentina.
Hasta el próximo mes!
Club del Disco
Canción & Instrumental
Acústico & Eléctrico
candombe / funk / soltura / Río de la Plata / soul / alegría
fecha de entrega: 1 al 18 de Marzo
cód. 26
El Club del Disco te presenta Kmbalache, de Matías Mormandi: una mezcla explosiva de funk, soul y ritmos rioplateneses, trabajo editado por su autor bajo el “paraguas” de la Unión de Músicos Independientes.
KMBALACHE es un disco que invita al baile y la fiesta, una obra con un concepto inconfundible, de impecable coherencia: la construcción de una estética del desborde.
Matías Mormandi es un auténtico y talentosísimo compositor de música popular: su estilo es enérgico y desfachatado; sus canciones, directas y efectivas. No busca en modo alguno el perfeccionismo: la fuerza de su poética reside
en una lírica de la intensidad y el exceso. Se
trata de un disco en estado de demo, sin filtros
ni pasteurizados, donde podemos apreciar claramente las virtudes de un artista vital, de un alto grado de pureza, imposible de domesticar. Todo en Kmbalache es desmesurado: lo que se busca aquí es preservar la magia del momento, la intensidad de la experiencia creadora.
El disco, fuertemente rítmico, se apoya en dos pilares fundamentales: el piano y las voces. Matías es un cantante imprevisible, cuya voz tiene numerosos matices que se transforman constantemente, pasando del estilo del soul y la música negra del sur de los Estados Unidos al homenaje al recordado artista uruguayo Eduardo Mateo. Y es, además, un ingenioso e inspirado pianista de variados recursos y dedos veloces que no teme
al mestizaje de géneros, lo que da por resultado solos de gran vigor y originalidad.
La tarea fundamental del músico, para Matías, es conmover; por eso su disco no es de los que piden permiso. Desde el primer tema Mormandi nos sube a su montaña rusa y nos invita a la aventura; un viaje vertiginoso que incluye todos los paisajes y nos arrastra sin permiso hacia su mundo desmesurado.
KMBALACHE está dividido en dos secciones, mezcladas aunque claramente diferenciadas: por un lado, los temas en banda, donde Matías es acompañado por una formación tradicional de guitarra, bajo y percusión, y por otro, los temas de tono más intimista, aunque no por ello menos directos, donde al piano y las voces se suman, eventualmente, un saxo o un bajo. El sonido del disco fue diseñado por el propio Mormandi, en
su doble función de músico y productor artístico de la obra, y presenta una cualidad frontal que sienta muy bien a sus canciones.
Las letras de Matías recrean el lenguaje popular y son algo desvergonzadas a la hora de mezclar registros formales con el más puro lunfardo, lo que les da un toque sorpresivo y hasta humorístico. La métrica en que se incrustan las letras es también sorprendente, y remite –una vez más- a la música uruguaya, con su juego de vocales estiradas y palabras cortadas.
Las influencias de este disco salvaje son múltiples; podemos contar en él ecos de Rubén Rada, Hermeto Pascoal y Frank Zappa, a lo que se
suma el legado del tango (que Matías homenajea con su personalísima versión de “El Choclo”) y muchísimas otras yerbas. Es que Matías es
un escucha voraz, que con naturalidad se ha apropiado de tradiciones diversas para
fundirlas en su KMBALACHE.
La presentación del disco es sencilla -el lujo y los brillos externos no son del interés de su autor - y su portada nos muestra certeramente al artista en su habitat natural; en su casa, en un espacio
algo caótico, frente al piano, sus manos sobre las teclas prestas a dispararnos alguna de sus juguetonas e hipnóticas melodías.
ARTISTA/
Matías Mormandi (Buenos Aires,1975).
Artista prolífico aunque secreto, ha grabado numerosos trabajos que permanecen inéditos.
En 1998 creó el grupo “UnRato”, quinteto eléctrico rioplatense, con el que grabó ese mismo año, “Cuandonde”, y, tres años más tarde, “2001”.
En 1999 participó de la apertura del galpón
cultural “Cuandonde”, que albergó conciertos de artistas como Alejandro Franov, Beto Satragni y Carlos Aguirre. Ha formado dúos con el baterista Oscar Linero H y con el armoniquista Rodrigo Mercado, con los que se ha presentado en
el circuito porteño.
Su discografía solista se compone de tres discos. Su discografía en colaboración incluye participaciones junto a Dancing Mood, el Infantino Grupo
o Nora Sarmoria, entre otros. Se ha presentado
en vivo con el Chango Farías Gómez, Ariel Prat
y Fidel Nadal, entre otros. En la actualidad reside
en España, donde se presenta con un repertorio propio y con obras de sus “grandes maestros”.
MATÍAS MORMANDI: voces, piano, pianica, teclados, rhodes, secuencias, percusión, ruidos.
OSCAR LINERO H: batería.
JUAN MAURÍN: guitarra.
TITO QUIROZ: tambor piano.
SERGIO MORAN: repique, repique de samba y zurdo.
MIGUEL LA ROSA: tambor chico, congas.
MATÍAS RODRÍGUEZ: bajo.
PABLO RODRÍGUEZ: saxo tenor.
JUAN CRUZ BARRUECO: guitarra eléctrica.
CARLOS ALVARADO: trombón.
Matías Mormandi y E. E. Blito
Mandarina Sound y Cross
Drupy y Matías Mormandi
Matías Berneman y Paula Palorno
Julieta Escardó
Cuaderno Abrido (2003) -
Cuaderno Abrí2 (2004) -
Cuaderno Cerrado (2005)
Cuandónde (1998) - 2001 (2001)
Dancing Mood: 20 minutos (Chicope Records / 2001)
Alan Plachta Grupo: De todas las tardes (PAI Records /2005)
Desde España, vía correo electrónico, Matías contestó generosamente todas nuestras preguntas y nos dio algunas de sus impresiones sobre su concepción del arte y la forma en que éste se metió en su vida.
¿En qué tradiciones y bajo qué influencias te formaste?
Me formé con el amor a la música, mi gran maestro de siempre. No sé por qué motivo me enamoré del piano a los 4 años y mis padres me tomaron en serio y me mandaron a estudiar.
Al ver que yo estudiaba me compraron un piano, y al ver yo el piano dejé de estudiar y empecé a tocar. Y no paré nunca. La gran influencia era el tocadiscos, en donde escuchaba lo que mis padres escuchaban: Harry Belafonte, Chico Buarque, Maria Bethânia, Gilberto Gil, Roberto Carlos, María Elena Walsh, Aníbal Troilo, Piazzola, Bach, Julio Sosa, Atahualpa Yupanqui, Larralde, Tchaikovsky, Mozart, Mahler, Rafaela Carrá, etc., etc. A los diez años descubrí a Los Beatles y PUM!, exploté. Me dediqué a amarlos y digerirlos y luego empecé a comprarme mis propios vinilos. Creo que todo lo que escuché se manifiesta en mi música. La música está hecha de música, de amor, y cada cosa que hago se mete en cada cosa que hago.
En Kmbalache se siente la presencia sobre todo del tango, el candombe, el samba, el soul. Kmbalache está hecho en base al primer volumen de un tríptico: el Cuaderno Abrido, que es low fi solo overdub, o sea, lo grabé solo y con lo que tenía a mano, y el resultado para mí fue sorprendente, pero nadie lo quiso editar por ser pobre (Nota: Matías se refiere al sonido de ese primer trabajo), entonces hice el Kmbalache con casi los mismos temas, pero grabados en estudio.
Vos hablás de tus maestros de “música popular y no popular” ... ¿a qué te referís específicamente, y dónde encajarías tu obra respecto de esta clasificación?
Los maestros son los imperecederos, los que marcan caminos, los que conocen el proceso creativo (saben que son un canal), los confidentes de Dios, o el destino, o la Naturaleza, como gustes llamarle, y muchas veces son olvidados por la televisión: son los que construyen la ruta por la que andan los artistas. ¿Cuántas veces vemos aparecer esta gente en la tele? A mí, todos los caminos me llevan a Stevie Wonder, a Bola de Nieve, a Louis Armstrong, a Oscar Alemán, a Hermeto Pascoal, a tantos otros que nunca están en la tele, pero de los cuales todos los que están en la tele mamaron.
La música popular es la que mueve a toda una gente, y/o la que llega a toda una gente, una cumbia, un reggae, o sea, es la que pueden cantar muchas personas a la vez, ya sea porque es parte de su folclore o porque le llega por la tele y la radio. La música no popular es esa que requiere de un cierto estudio activo para ser disfrutada, y si la tocás en cualquier lado y sin cuidado, la gente se va a evadir y vas a quedar afuera, solo y peleado con el público, como pasa con la música académica, cierto “jazz” y unas canciones muy locas que suelo escribir y tocar.
Mi obra entra en las dos cosas. Y tengo el gran berretín de unirlas, de borrar fronteras, de evitar el bostezo y la chatura. La música debe provocar risa, llanto, baile y suspiros, y sobre todo reunir a los presentes, y alimentarlos y alimentarse de ellos, si no, no me interesa.
¿De dónde viene esa atmósfera tan uruguaya del disco?
Amo el Uruguay. Amo la música del Negro Rada desde mi tierna edad. Y estoy enamorado del candombe y del tango para siempre. Me hacen bailar y caer lagrimones.
¿Cómo seleccionaste el repertorio incluido en Kmbalache?
Kmbalache es una especie de curriculum, es mi primer disco editado y pretende mostrar un abanico de facetas de mi música.
El repertorio del disco son muchos temas del Cuaderno Abrido producidos de nuevo desde cero, más algunos temas nuevos.
¿Cómo fueron los ensayos y el proceso de grabación?
Los temas Se esfuma y Tu hacha los ensayamos durante un mes con el grupo. El tema Lolila lo habíamos tocado muchas veces con Oscar Linero en nuestros duetos. Todo esto fue grabado en vivo en el estudio Mandarina Sound, con Luis Bacqué. Los otros temas fueron grabados en el estudio Cross, con Drupy y Román Impolimeni, partiendo de los grooves, y sobregrabando voces e instrumentos. La producción fue muy dolorosa, porque comenzó como un proyecto de equipo, donde yo ocupaba el rol de productor artístico y había otra gente en la producción ejecutiva. Yo les propuse que editaran el Cuaderno Abrido, que es un disco bien parido, y ellos decían que no tenía calidad de audio suficiente, que grabemos uno nuevo y gastemos dinero... y creo que no tenían ni idea de lo que significa producir, porque cuando la cosa se puso un poquito difícil desaparecieron. Y tuve que terminar solo con la ayuda de mis amigos Matías Berneman, Blito, Juan, Pablo Rodríguez, Román, Drupy, Luis. Por otra parte, tengo un criterio de grabación muy diferente al standard, y chocaba permanentemente con los técnicos, aunque son amigos míos. Tarde me di cuenta de que necesitaba sentarme en la consola y agarrar las perillas y el mouse con mis dedos y buscar el sonido que me interesa: graves y agudos que se escuchan.
Llevo quince años experimentando con la producción en diferentes niveles, yo sé cuando me gusta y confío profundamente en
mi gusto.
El disco transmite una gran energía y frescura, que remiten a una presentación en vivo... ¿el sonido del disco fue concebido pensando en esto? ¿Cuál es el papel de la improvisación, en el disco y en directo?
Las tomas de muchos temas fueron hechas en directo. Y es el gran espíritu del disco. Para mí no hay nada como el momento presente.
La improvisación es importantísima: es el presente. Y hace testigos de la magia a los que están escuchando. Eso nos hace felices. Pero no confundir improvisación con juego infantil, ni con catarsis artística, ni con falta de fundamento y trabajo. Hay mucha, mucha música que no va a ningún lado. La improvisación tiene su cauce, es como el agua: puede cobrar cualquier forma, pero no va a correr para arriba. Creo que al igual que el agua, la música también tiene su mar.
¿Qué podrías decirnos de la mezcla y el masterizado del disco?
La producción del disco sufrió muchas crisis.
En la última parecía que se iba a abandonar, entonces tomé el trabajo hasta donde estaba
y le hice una mezcla de emergencia, unas sobregrabaciones para levantar planos de voces, y un mastering violento y a la fábrica.
La verdad es que quedó bien, no me disgusta, pero no pude meterme de lleno en la mezcla y el mastering.
¿Y sobre la gráfica?
La gráfica la hicimos con mi amigo Matías Berneman, entre los dos, cambiando ideas y organizando extrañas sesiones de fotos en lugares que yo quería mucho. Elegimos dos de quinientas fotos. Creo que solo se podían elegir esas dos, y ahí están. Me gusta mucho esa tapa.
¿Qué te propusiste a nivel humano, comunicativo o espiritual con Kmbalache?
Mi propuesta con Kmbalache es darme a conocer, reunirme con mi público desconocido, plasmar un documento de una música de los últimos ocho años en Buenos Aires, que parece haber pasado inadvertida para mucha gente. Encontrarme con productores coherentes para mis próximos discos. Fuera de todos esos objetivos estratégicos, cada disco que hago intenta ser útil: que a la gente le sirva; que lo ponga para cocinar, para meditar, para hacer el amor, para limpiar la casa. Que tenga ganas de escucharlo dos, tres veces seguidas. Que les sirva para vivir.
Tengo siete discos, todos inéditos. Ahora tengo uno édito. JA!, el Kmbalache, que es un cambalache, la Biblia y el calefón ... y no paro de componer. El próximo disco se llama Ganas de Dios, y son diecisiete temas nuevos, de dos a tres minutos cada uno (la mayoría los hice el año pasado).
Kmbalache es un verdadero salpicón de música, nutritivo, y hecho con huevo y amor.

La sugerencia de algunos socios en relación a la inclusión de archivos de audio en nuestro sitio web tiene al equipo del Club del Disco en permanente estado de reflexión…
En esta nota te invitamos a “la cocina” de nuestra forma de pensar. Estas son nuestras ideas hoy, pero la cuestión recién comienza…
Nos han llegado algunos comentarios de socios, preguntándonos respecto de la posibilidad de incluir MP3 en nuestro sitio web, para así poder elegir con libertad lo que desean recibir en su pedido mensual.
Aunque no descartamos la idea, tenemos nuestras razones para tomarla, por ahora, con mucha cautela.
Resulta que en una sociedad de consumo como la nuestra, y en nombre de la “libertad de elegir”, se nos expone frecuentemente a una enorme variedad de productos que son, en esencia, el mismo. Se perseguiría, en el mejor de los casos, el producto que según los estudios de marketing desea la mayoría de los consumidores.
Se trata finalmente de una dictadura, en la que nos convencen de que somos libres por el único hecho de que existen varias marcas compitiendo, entre las que nosotros podemos elegir. El dato importante aquí es que casi todas compiten por el mismo premio: el dinero de la porción más grande posible del mercado, y muy rara vez -si es que alguna- se compite por la excelencia en lo que se nos ofrece. Basta con ir al supermercado y observar cuantas veces nos ofrecen lo mismo en distinto envase ¡y hasta con distinto precio!
Esto ocurre con los yogures, con el champú, con las películas, con la televisión, con la ropa... y con la música.
En el corazón de nuestra propuesta está el respeto verdadero por la diversidad y, dentro de esa diversidad, nosotros deseamos encargarnos de hacer llegar al público aquellas producciones discográficas en las que se escucha un compromiso honesto con una visión artística personal, en lugar de un compromiso con el gusto del mercado.
Muchas de estas producciones -la mayoría- están pensadas como obras integrales, con un discurso propio y un código que se va revelando a medida que se transita la obra completa, en forma de álbum.
Es así que, en muchas de estas obras, un solo tema (o dos, o tres) no son suficientes para tener siquiera una idea de la profundidad de su mensaje, o de cuán hondo nos podrían tocar si les diéramos la oportunidad de hablarnos en su propio contexto.
De las producciones comerciales, por el contrario, se requiere que un solo tema –el corte de difusión o hit- nos convenza de comprar el disco, ya que esa es la naturaleza de la promoción en las radios.
Someter a las obras artísticas a las mismas reglas de competencia que las de las producciones comerciales sería injusto, y terminaría por desalentar su realización.
En la era del zapping, donde cada programa intenta gritar más fuerte que su competencia para acaparar al televidente por unos segundos, parece no haber lugar para las palabras en voz baja, ni para ideas que requieran una atención sostenida durante más de cinco minutos.
En la música, este fenómeno tiene su homólogo exacto: la última etapa de la producción de un disco, el masterizado,
se encarga de preparar el sonido para su reproducción en un tipo de equipo determinado. Mientras la música comercial se comprime invariablemente en el masterizado, para su reproducción en equipos de baja calidad como radios de automóvil o computadoras, donde lo que suena más “fuerte” es lo que suena mejor, la música no comercial, en cambio, se masteriza en general pensando en equipos de alta fidelidad, capaces de reproducir tanto los sonidos fuertes como aquellos casi
imperceptibles.
De la misma manera, se buscan en las producciones comerciales aquellas composiciones que resultan memorizables inmediatamente después de una sola audición en la radio, o en el MP3 de la disquería virtual, usualmente con un estribillo pegadizo repetido la suficiente cantidad de veces como para fijarlo en nuestra memoria.
Música de fácil digestión, aunque no necesariamente muy nutritiva.
Nosotros, en el Club del Disco, vamos a priorizar la otra música. Aquella con valor nutritivo real -no siempre “fácil”, ni siempre “difícil”- música que está más allá del afán por el efecto de gustar inmediatamente a la mayoría del público.
Esa es nuestra elección.
Es así que desearíamos que las opciones de nuestros socios fueran no únicamente entre
un disco y otro, a fin de satisfacer sus gustos personales (lo que es, por supuesto,
importantísimo), sino también la elección de conocer más, de exponerse a músicas aún desconocidas, y posibilitar así que sus gustos personales se vean nutridos por una variedad real de propuestas, muchas de ellas nuevas.
Está claro que este intento presupone también el riesgo de encontrarnos de vez en cuando con un disco que no nos gusta, aún después de escucharlo varias veces.
Nos interesa minimizar este riesgo, pero sabemos que la única manera de conocer nuevos horizontes conlleva el aventurarse con osadía hacia lo desconocido.
Para nosotros, un solo disco que nos emociona, y que no hubiéramos conocido por otras vías, bien vale ese pequeño riesgo.
Y ya sabés: queremos conocer tu opinión… Publicala en nuestros foros de internet!
Club del Disco
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