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EDITORIAL

CULTURA DEGENERADA

Las nociones de “género” e “industria” están instaladas en lo macro y de forma activa en la cultura que vivimos diariamente. De manera global las compartimos asumiendo nuestras propias aseveraciones de cada una, acorde donde nos plantamos en el mercado. Coexisten más allá de la relación que cada uno tenga con ellas, culturas de género e industrias culturales. Ambas se retroalimentan y también podríamos discriminar géneros dentro de la industria que se convierten en subcultura. Sería así: la cultura produce industria y la industria produce cultura. Pues aún cuando duela aceptarlo, el flujo principal de contenidos culturales es generado como en una línea de montaje fabril, vienen prefabricados y su consumo masivo tiene indefectiblemente impacto en la cultura (puede ser éste negativo o positivo).

Nuestro caso particular, la música, no está aislado de este conglomerado. Por el contrario, es una herramienta muy dicotomizada y puesta en análisis constante por numerosos músicos, intelectuales, e incluso especialistas en marketing de las grandes empresas dedicadas al entretenimiento. Pero todo aquel que pretenda encasillar, medir –en tanto estructura homogénea– y así subestimar el movimiento cultural, estará desperdiciando sus energías. Desde el Club nuestro aporte es proponer músicas sin géneros claros. Quizás también así damos lugar a una nueva industria.
Aunque lo ideal sería olvidar las fórmulas estructurales y dejar atrás el discurso obsoleto de la “independencia”. El caso de la música debería servir de ejemplo para interpretar cómo la cultura trasciende los géneros, ya que los abarca todos. Tampoco puede ser tomada como una sola corriente uniforme, debido a su intrínseca capacidad de cambio. Si de la industria musical hoy se discuten sus logros, y está a punto de ser roto el paradigma de la música grabada, pues ya ni es negocio para los sellos multinacionales que imponen sus producciones, estamos ante otro llamado de atención sobre cómo vivimos y comprendemos nuestras experiencias sociales y culturales. Éstas no tienen por qué atarse a géneros, ni a mercados.

En lo caótico del primer impulso de libre expresión no hay lugar para este juego de palabras que puede sonar absurdo. Pero desde el principio se nos imponen prejuicios, cualidades y formatos a todos los actos creativos, que terminan siendo meros productos de cualquiera de las industrias que ha generado nuestra cultura.

 

Germán Andrés

 

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AÑO 2 . NUMERO 26

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